Ya he tratado de Juan 3, 5, por lo que ahora acudiré a otros pasajes del Nuevo Testamento que afirman la necesidad absoluta del sacramento del bautismo para la salvación.
EL GRAN MANDATO: MATEO 18 Y MARCOS 16
Mateo 28, 18-20: “Y acercándose Jesús, les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado”.
En la última escena registrada en el Evangelio de San Mateo, conocida como El Gran Mandato – PRECISAMENTE LA ÚLTIMA INSTRUCCIÓN QUE JESUCRISTO DA A LOS APÓSTOLES ANTES DE SALIR DE ESTE MUNDO – Jesucristo da a sus Apóstoles dos mandatos: enseñar a todas las naciones y bautizar. Dado que este es el último mandato de Cristo a sus Apóstoles, estas palabras tienen un significado especial. Esto debería decir a todos algo sobre la importancia del bautismo. El sacramento del bautismo está íntimamente vinculado, por nuestro Señor Jesucristo mismo, con el mandato de enseñar la fe cristiana a todas las naciones. El Evangelio de San Marcos revela la misma verdad en su versión de la escena de la Ascensión, la última escena de su Evangelio.
Marcos 16, 15-16: “Y les dijo (Jesús): Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, más el que no creyere se condenará”.
Aquí vemos a nuestro Señor Jesucristo mismo diciendo que los que se bauticen se salvarán, indicando claramente que los que no sean bautizados no se salvarán. Pero algunos se preguntan, ¿por qué no dijo nuestro Señor, “él que no creyere y no fuere bautizado será condenado”, después de decir que el que creyere y fuere bautizado se salvará? La respuesta es que los que no creyeren no van a recibir el bautismo, por lo que no es necesario mencionar el bautismo de nuevo. Además, nuestro Señor dice eso mismo (que los que no son bautizados no se salvarán) en Juan 3, 5.
Por lo tanto vemos que, en el mismo último mandato de nuestro Señor a los Apóstoles, las nociones de creencia y de recibir el bautismo están envueltas; son una y la misma fórmula que es necesaria para la salvación. Creer y recibir el sacramento del bautismo son uno y el mismo evento salvífico.
San Francisco Javier, 31 de diciembre de 1543: “Después de todo esto él [uno de los paganos] me pidió que le explicase los misterios principales de la religión cristiana, con la promesa de mantenerlos en secreto. Yo le respondí que no le diría ninguna palabra sobre ellos a menos que me prometiera antes publicarlos por todas partes [decirlos a todos] lo que yo debería decirle de la religión de Jesucristo. Él hizo la promesa, y entonces le expliqué cuidadosamente aquellas palabras de Jesucristo en que se resume nuestra religión: ‘El que creyere y fuere bautizado se salvará’ (Marcos 16, 16)”[1].
ROMANOS 5 Y 6
En Romanos capítulos 5 y 6 encontramos a San Pablo explicando cómo los hombres han nacido en el estado de pecado original, porque el pecado del primer hombre, Adán, ha hecho que sus descendientes nazcan desprovistos del estado de gracia. San Pablo explica además que Cristo nos reconcilia con Dios, nos quita el pecado original y nos hace miembros de la familia de Dios. En Romanos 6, 2, San Pablo dice que los cristianos han muerto al pecado. Y en Romanos 6, 3, San Pablo explica cómo se consigue morir al pecado.
Romanos 6, 3-4: “¿O ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte? Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte”.
En este fuerte lenguaje, San Pablo y la palabra infalible de Dios identifican el sacramento del bautismo como el medio por cual uno muere al pecado. También identifican el sacramento del bautismo como el medio por cual uno es incorporado a Cristo Jesús.
EL CONCILIO DE TRENTO CONFIRMA ROMANOS 6, 4
Según la declaración infalible de San Pablo en la Sagrada Escritura, la Iglesia católica ha definido que no hay condenación en quienes son sepultados juntos con Cristo a la muerte por el sacramento del bautismo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5) (…) Porque en los renacidos nada odia Dios, porque ‘nada hay de condenación en aquellos que verdaderamente por el bautismo están sepultados con Cristo para la muerte’ (Rom. 6, 4)…”[2].
Y aquí hay un otro Concilio regional que, aunque no dogmático, enseña la misma verdad que la declaración dogmática anterior: a saber, que solo siendo sepultado por el sacramento del bautismo a la muerte, se puede esperar la remisión del pecado, la incorporación a Cristo y la salvación.
San Remigio, obispo de Lyons, Concilio de Valence III, 855, can. 5: “Igualmente creemos ha de mantenerse firmísimamente que toda la muchedumbre de los fieles, regenerada ‘por el agua y el Espíritu Santo’ (Juan 3, 5) y por esto incorporada verdaderamente a la Iglesia y, conforme a la doctrina evangélica, bautizada en la muerte de Cristo (Rom. 6, 3), fue lavada de sus pecados en la sangre del mismo…”[3].
1 CORINTIOS 12 Y 13
1 Corintios 12, 13: “Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu”.
Aquí vemos a San Pablo y la palabra de Dios enseñando vigorosamente que uno se incorpora al cuerpo de Cristo y al Espíritu Santo por el sacramento del bautismo.
EL CONCILIO DE TRENTO CONFIRMA 1 CORINTIOS 12, 13: SI NO HAY BAUTISMO DE AGUA, NO HAY INCORPORACIÓN AL CUERPO DE CRISTO
Basado en este mismo texto [“Porque hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo”], la Iglesia católica enseña infaliblemente que solo a través del sacramento del bautismo uno es incorporado en el cuerpo de la Iglesia.
Papa Julio III, Concilio de Trento, sobre los sacramentos del bautismo y la penitencia, sesión 14, cap. 2, ex cathedra: “… como quiera que la Iglesia en nadie ejerce juicio, que no haya antes entrado en ella misma por la puerta del bautismo. Porque ¿qué se me da a mí – dice el Apóstol – de juzgar a los que están fuera? (1 Cor. 5, 12). Otra cosa es que los domésticos de la fe, a los que Cristo Señor, por el lavatorio del bautismo, los hizo una vez ‘miembros de su cuerpo’ (1 Cor. 12, 13)”[4].
Es un dogma, basado en 1 Corintios, que quienes no han recibido el lavado del bautismo están “fuera” de la Iglesia; no son “miembros de su cuerpo”; no son “de los domésticos de la fe”; y la Iglesia no ejerce “juicio” sobre ellos. Ya he discutido el significado profundo de esta declaración dogmática en la sección 7 sobre “La sujeción al Romano Pontífice”, pero la voy a repetir muy brevemente por el bien del lector. Es de fide que toda criatura humana debe estar sujeta a la Iglesia para salvarse, puesto que toda criatura humana debe estar sujeta al Romano Pontífice para salvarse.
Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302, ex cathedra: “Ahora bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos, definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda criatura humana”[5].
Y si la anterior definición de Trento sobre 1 Cor. 12, 13 demuestra que nadie puede estar sujeto a la Iglesia sin el bautismo de agua (como sí hace), esto significa que nadie puede salvarse sin el bautismo de agua. Todas las personas se someten a la Iglesia (y por consiguiente al Romano Pontífice) solo por recibir el sacramento del bautismo.
Papa León XIII, Nobilissima, # 3, 8 de febrero de 1884: “La Iglesia (…) está en consecuencia obligada a vigilar minuciosamente sobre la enseñanza y educación de los niños puestos bajo su autoridad por el bautismo…”[6].
GÁLATAS 3 – LA FE ES EL BAUTISMO
En Gálatas 3 encontramos una de las partes más famosas de la enseñanza de San Pablo sobre la fe.
En Gálatas 3, 23 él dice: “Y así, antes de venir la fe…”
En versículo 24 él dice: “… para que fuéramos justificados por la fe…”
En versículo 25 él dice: “Pero, llegada la fe…”
En versículo 26 él dice: “Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”.
Pero, ¿qué quiere decir aquí San Pablo en esta amplia discusión sobre la “fe”? ¿Qué quiere decir cuando dice, “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”? Probablemente la mayoría de las personas cree que San Pablo está hablando aquí de creer que Jesús es el Hijo de Dios. Esto, por supuesto, es indispensable, pero ¡ni siquiera es mencionado por San Pablo! Por el contrario, San Pablo explica exactamente lo que él quiere decir con “la fe en Cristo Jesús” – con toda naturalidad en el flujo de su epístola – en el siguiente versículo (versículo 27).
Gálatas 3, 27: “Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo, Jesús”.
Este capítulo muy interesante de la Escritura debería dar un mensaje a los protestantes y católicos por igual. San Pablo y la palabra de Dios enseñan claramente lo que ha sostenido en la Iglesia católica por 2000 años: que es por medio del sacramento del bautismo que se recibe fe. Es por eso que el sacramento del bautismo ha sido llamado desde los tiempos apostólicos, “el sacramento de la fe”, como ya fue mencionado en la sección sobre “La única Iglesia de los fieles”. Y es por eso que solo a los bautizados en agua se les llama los fieles.
San Ambrosio, (siglo IV) obispo y Doctor de la Iglesia: “... porque en el cristiano lo que viene primero es la fe. Y en por esta razón que en Roma los que han sido bautizados son llamados fieles (fideles) (…) ello fue porque creísteis que recibisteis el bautismo”[7].
San Agustín (405): “Es por eso que [en el bautismo] se responde lo que el párvulo cree, a pesar que no tiene todavía conciencia de la fe. Se responde que él tiene la fe por causa del sacramento de la fe (el bautismo)”[8].
San Agustín (405): “Aunque el párvulo no tiene aún esa fe que reside en la voluntad de los creyentes, el sacramento de esa misma fe ya lo convierte en uno de los fieles. Ya que se responde por lo que ellos creen, son llamados fieles no por un asentimiento de la mente a la cosa misma [la fe], sino por su recepción del sacramento de la cosa misma [la fe]”[9].
Por consiguiente, lo que San Pablo nos enseña en Gálatas 3 es que el sacramento del bautismo es la plena certidumbre (garantía) de la fe en Cristo Jesús, porque sin el bautismo no se tiene la fe y no se está entre los fieles.
EL CONCILIO DE TRENTO CONFIRMA GÁLATAS 3: QUE LA FE ES EL BAUTISMO
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 7 sobre la justificación, ex cathedra: “… la causa instrumental [de la justificación], [es] el sacramento del bautismo, que es el ‘sacramento de la fe’, sin la cual a nadie se le concedió la justificación (…) Esta fe, por tradición apostólica, la piden los catecúmenos a la Iglesia antes del bautismo al pedir la fe y la vida eterna…”[10].
TITO 3, 5 – EL BAUTISMO NOS SALVA
En Tito 3, 5 encontramos uno de los pasajes más fuertes de la Sagrada Escritura sobre la necesidad del sacramento del bautismo.
Tito 3, 5: “No por las obras justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, nos salvó mediante el lavatorio de la regeneración y renovación del Espíritu Santo”.
Aquí, San Pablo y la palabra infalible de Dios nos dicen que ¡el lavatorio de la regeneración (el sacramento del bautismo) nos salva! Esto significa que el agua (el lavatorio) y el Espíritu (la renovación del Espíritu Santo) en el sacramento del bautismo es el medio por cual somos justificados y salvados.
Lo que es muy interesante de este pasaje es que la palabra de Dios nos dice que no es “por las obras justas que nosotros hubiéramos hecho” que somos salvados. En otras palabras, no es por nuestro deseo o nuestra sangre o nuestra contrición que nos salvamos, sino por el mismo sacramento que Cristo instituyó (el baño de la regeneración y renovación del Espíritu Santo).
EL CUARTO CONCILIO DE LETRÁN DEFINE LA VERDAD DE TITO 3, 5
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, ex cathedra: “En cambio, el sacramento del bautismo (que se consagra en el agua por la invocación de Dios y de la indivisa Trinidad, es decir, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo) aprovecha para la salvación, tanto a los niños como a los adultos fuere quienquiera el que lo confiera debidamente en la forma de la Iglesia”[11].
San Agustín (412): “Es una cosa excelente que los cristianos púnicos llaman al bautismo mismo nada menos que salvación (…) ¿De dónde se deriva esto, sino de una antigua y, como supongo, tradición apostólica…?”[12].
San Fulgencio (512): “Porque él es salvado por el sacramento del bautismo…”[13].
EFESIOS 4, 5: Un Espíritu – Un Cuerpo – Una Fe – Un Señor – Un Bautismo
Efesios 4, 4-6: “Solícitos de conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz. Solo hay un cuerpo y un espíritu, como también habéis sido llamados con una misma esperanza, la de vuestra vocación. Solo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos…”.
Aquí San Pablo (en la palabra infalible de Dios) describe la unidad en la Iglesia de Jesucristo. Y vea la lista que él da: un Señor, una fe, Dios, un Padre. Y situado entre “Señor” y “fe” y “Dios” y “Padre” está el bautismo. Esto nos dice que San Pablo ve el bautismo como cargado de importancia; de hecho, ya que tiene una importancia en términos de la unidad del cuerpo de Cristo equivalente a las cosas que nadie puede discutir: un Señor, una fe, un Dios. Esto es porque es a través del bautismo que nos unimos a Dios y al cuerpo de la Iglesia. Negar que los miembros del cuerpo de Cristo tienen este único bautismo es equivalente a negar que tienen un Señor y una fe.
San Jerónimo (386): “El Señor es uno y Dios es uno (…) Además se dice que la fe es una (…) Y hay un solo bautismo, porque es en una y la misma forma en que somos bautizados en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo”[14].
Lo interesante de esta cita de San Jerónimo es que él hace notar que el “único bautismo” compartido por todos en la Iglesia (según Efesios 4, 5) no es simplemente uno en términos del número de bautismos, sino que es “uno” en relación a la manera en que todos han sido bautizados: todos han sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en el sacramento.
Y tan esencial e íntimamente ligado a la fe cristiana es la necesidad del sacramento del bautismo que San Afraates , el más antiguo de los Padres de Siria, escribió en 336:
“Esta, entonces, es la fe: que el hombre cree en Dios (…) en su Espíritu (…) en su Cristo (…) También, que el hombre cree en la resurrección de la muerte, y, además, cree en el sacramento del bautismo. Esta es la creencia de la Iglesia de Dios”[15].
EL CONCILIO DE VIENNE CONFIRMA LA VERDAD DE EFESIOS 4, 5
Papa Clemente V, Concilio de Vienne, decreto # 30, 1311-1312, ex cathedra: “… una Iglesia universal, fuera de la cual no hay salvación, puesto que para todos ellos hay un solo Señor, una fe, un bautismo…”[16].
Papa Clemente V, Concilio de Vienne, 1311-1312, ex cathedra: “Además ha de ser por todos fielmente confesado un bautismo único que regenera a todos los bautizados en Cristo, como ha de confesarse ‘un solo Dios y una fe única’ (Ef. 4, 5); bautismo que, celebrado en agua en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, creemos ser comúnmente, tanto para los niños como para los adultos, perfecto remedio de salvación”[17].
Vemos que todos los que son parte de la Iglesia católica tienen el único bautismo de agua.
HECHOS 2 Y EL PRIMER SERMÓN PAPAL
En el capítulo 2 de Hechos nos encontramos con la escena de Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia del Nuevo Testamento. Y allí encontramos registrados muchos sucesos extraordinarios, incluyendo el primer sermón en la Iglesia del Nuevo Testamento por el primer Papa, San Pedro.
Hechos 2, 37-38: “Al oírle, se sintieron compungidos de corazón y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Arrepentíos, y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”.
Aquí vemos la palabra de Dios y al primer Papa precisamente en el primer sermón en la Iglesia católica enseñando la necesidad del sacramento del bautismo para la remisión de los pecados.
EL CREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO CONFIRMA HECHOS 2
Conforme a esta declaración infalible de la palabra de Dios, de que se debe recibir el sacramento del bautismo para la remisión de los pecados, la Iglesia católica ha definido que existe un solo bautismo para la remisión de pecados.
Credo Niceno-Constantinopolitano, ex cathedra: “Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados”[18].
HECHOS 16 – EL CARCELERO Y SU CASA ENTERA SON BAUTIZADOS INMEDIATAMENTE
Hechos 16, 26-33: “De repente se produjo un gran terremoto, hasta conmoverse los cimientos de la cárcel, y al instante se abrieron las puertas y se soltaron los grillos. Despertó el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada con intención de darse muerte, creyendo que se hubiesen escapado los presos. Pero Pablo gritó en alta voz, diciendo: ‘No te hagas ningún mal, que todos estamos aquí’; y pidiendo una luz, se precipitó dentro, arrojándose tembloroso a los pies de Pablo y de Silas. Luego los sacó fuera y les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos le dijeron: Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y tu casa. Le expusieron la palabra de Dios a él y a todos los de su casa; y en aquella hora de la noche los tomó, les lavó las heridas, y en seguida se bautizó él con todos los suyos”.
Lo interesante de este capítulo es lo que decidió incluir San Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles. Al dar cuenta de que el carcelero se convirtió milagrosamente después del terremoto en la prisión, San Lucas relata solo los detalles más breves – las partes más necesarias de la historia. San Lucas registra que el carcelero preguntó a Pablo y Silas lo que debía hacer para ser salvo. San Lucas registra su muy breve respuesta: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú, y tu casa”. Pero nótese que San Lucas, antes de pasar a otro tema, se asegura de mencionar que el carcelero y toda su casa fueron bautizados inmediatamente. Esto nos muestra una vez más que recibir bautismo es necesario para la salvación de todos. El hecho de que el carcelero y su familia hayan sido bautizados inmediatamente fue un detalle que San Lucas consideró fundamental incluir en la historia sobre las cosas esenciales que el carcelero y su familia tuvieron que hacer para ser salvos.
1 PEDRO 3, 20-21 – EL BAUTISMO DE AGUA Y EL ARCA
1 Pedro 3, 20-21: “… cuando en los días de Noé los esperaba la paciencia de Dios, mientras se fabricaba el arca, en la cual pocos, esto es, ocho personas, se salvaron por el agua. Esta os salva ahora a vosotros, como antitipo, en el bautismo…”.
Este es también uno de los pasajes más fuertes de toda la Sagrada Escritura sobre la necesidad del sacramento del bautismo. Nótese aquí la fuerza de la aseveración de San Pedro. El bautismo ahora os salva. Y él habla del bautismo de agua (el sacramento), por supuesto, porque ¡establece una analogía entre las aguas bautismales y las aguas del diluvio! San Pedro compara recibir el sacramento del bautismo de agua con estar en el arca de Noé. Como nadie escapó de la muerte física fuera del arca de Noé durante el diluvio (solamente ocho personas sobrevivieron al diluvio por estar aseguradas firmemente en el arca), ¡del mismo modo ahora nadie evita la muerte espiritual o se salva del pecado original sin el sacramento del bautismo!
EL PAPA BONIFACIO VIII CONFIRMA LA CONEXIÓN DE LA IGLESIA CON 1 PEDRO 3 Y EL ARCA, EL BAUTISMO DE AGUA, Y EL DILUVIO
Como dice San Pedro en 1 Pedro 3, 20-21, que en los días de Noé ocho almas se salvaron del agua por entrar en el arca, ahora, el sacramento del bautismo, siendo de la misma forma (es decir, de agua) nos salva también; del mismo modo lo ha hecho la Iglesia católica al definir como un dogma que entrar en la Iglesia es tan necesario para la salvación como necesario fue haber estado en el arca para salvarse de la muerte. Y la única manera de entrar a la Iglesia es por el bautismo de agua.
Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302, ex cathedra: “… un solo cuerpo místico (…) hay ‘un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo’ (Ef. 4, 5). Una sola, en efecto, fue el arca de Noé en tiempo del diluvio, la cual prefiguraba a la única Iglesia (…) y fuera de ella leemos haber sido borrado todo cuanto existía sobre la tierra (…) y a este cuerpo llamó su única Iglesia, por razón de la unidad del esposo, la fe, los sacramentos y la caridad de la Iglesia”[19].
Nótese cómo el Papa Bonifacio VIII define la unidad de la Iglesia como unidad de “los sacramentos”, lo cual significa que nadie puede estar dentro de la Iglesia sin haber recibido por lo menos el primero de los sacramentos: el bautismo.
San Máximo el Confesor (620): “El diluvio de aquellos días fue, como digo, una figura del bautismo. Porque eso fue entonces prefigurado por lo que se cumple ahora; esto es, al igual que cuando las fuentes de agua se desbordaron, la iniquidad fue puesta en peligro, y reinó la justicia: el pecado fue arrastrado al abismo, y la santidad elevada al cielo. Entonces, como ya he dicho, eso fue prefigurado con lo que ahora se cumple en la Iglesia de Cristo. Porque así como Noé se salvó en el arca, mientras la iniquidad de los hombres se ahogaba en el diluvio, así por los aguas del bautismo la Iglesia es llevada al cielo…”[20].
[1] The Life and Letters of St. Francis Xavier de Henry James Coleridge, vol. 1, p. 162.
[2] Denzinger 791‐792.
[3] Denzinger 324.
[4] Denzinger 895; Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 2, p. 704.
[5] Denzinger 468‐469.
[6] The Papal Encyclicals, vol. 2 (1878‐1903), pp. 86‐87.
[7] The Sunday Sermons of the Great Fathers, vol. 4, p. 5.
[8] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, vol. 3:1424.
[9] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, vol. 3:1425.
[10] Denzinger 799‐800.
[11] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 230; Denzinger 430.
[12] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, vol. 3:1717.
[13] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, vol. 3:2251a.
[14] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, vol. 2:1368.
[15] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, vol. 1: 681.
[16] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 386.
[17] Denzinger 482.
[18] Decrees of the Ecumenical Councils, vol. 1, p. 24.
[19] Denzinger 468.
[20] The Sunday Sermons of the Great Fathers, vol. 2, p. 93
También en el Nuevo Testamento, San Pablo dice que Cristo se inmoló para lavarnos y santificarnos en el bautismo de agua:
«Cristo amó a su Iglesia, y se sacrificó por ella, para santificarla, lavándola en el bautismo de agua con la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer delante de El llena de gloria, sin mácula ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada.» (Ef. 5, 25-27)